viernes, 6 de marzo de 2015

POST LIHN por Juan José Rodinás

POST LIHN


En este video debería trabajar en diálogo con las reservas de mi vida. Debería hacer un teatro con objetos inmóviles en descomposición, pero piedras, pero hijos de mis hijos piedras.

Una narrativa real, digamos.

Una narrativa pulso de mi mano al despedirme de Ella hace tiempo.

Una narrativa real (una naranja abandonada en el centro de la estepa), la poesía desechada y pura y exacta y sucia: compañía ilimitada de un idioma donde bebimos cerveza contando el espacio entre el último insulto del amigo y la velocidad de caída de los meteoros.

Sí, para siempre, para que el poeta con manos de niñita hombre (yo, entonces) secretario general de los nadies señale en el consejo de los nadies que: “el agua está relacionada de manera directa con el semen de los ahogados”. ¿Por qué dijo eso? Ignorancia, conocimiento de biomecánica y limpieza de los cuerpos. No sé, pero acertaba.

El agua fecunda la muerte en los átomos donde la muerte sólo arrecia como una ola blanca.

Necesario pues mejorar la salud de los hombres y de las mujeres con una improvisada sala de torturas y la esperanza de vida con una improvisada sala de torturas. Otorgar más poder a las mujeres como ánimas del miedo y como largas terminaciones de las estrellas. Mejorar la seguridad alimentaria de la lengua con un nietzche de manteca cocinado en sí mismo. Vigilar el desarrollo sostenible del cardo que ha destronado para siempre los niños que fuimos. Luchar contra el cambio climático de nuestra mente mediante una bolsa negra de polietileno dispersada en la eternidad de bajo impacto.

¡Por eso!

884 millones de personas no tienen acceso al agua potable

884 millones de palabras no tienen acceso al agua de la lengua

884 millones de palabras son demasiadas palabras, excepto si la velocidad de la lengua reduce la velocidad de la muerte

Evitar la muerte a toda costa.

Sólo escribir un diario de muerte:

vacío

donde cualquiera pueda

leer su nombre.



Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979). Seudónimo de Juan José Rodríguez Santamaría, nombre bajo el cual publicó sus primeros libros. Estudió literatura y periodismo en Quito. Ha publicado Los rastros (Quito, 2006), Viaje a la mansedumbre (Barcelona, 2009), Barrido de campo (Arequipa, 2010),Código de Barras (Quito, 2011), Cromosoma (Quito y Santiago de Chile, 2011),Estereozen (Lima, 2012), Anhedonia (Popayán, 2013). Además ha reunido su trabajo en antologías como Los páramos inversos (Popayán, 2014) y 9 grados de turbulencia interior (Guadalajara, 2014). Recopiló -junto a Luis Carlos Mussó- el libro Tempestad secreta: muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (Quito, 2010). Como traductor publicó el libro Una cosa natural. 29 poetas norteamericanos (Quito, 2009).

martes, 20 de enero de 2015

Las cumbres del cuento chileno (Destacada la narrativa de Enrique Lihn)



Las cumbres del cuento chileno
Por M.T.C. y P.P.G.
Revista de Libros de El Mercurio. 18 de agosto de 2013 

Les pedimos a críticos, escritores y académicos que eligieran los tres mejores cuentos de la literatura chilena de todos los tiempos. Aunque hubo coincidencias, el resultado fue variado. Lejos de ser un género menor, el cuento ha dado piezas notables a nuestra narrativa. Las elegidas y otras tantas.  
Francisca Lange:
"El vaso de leche", de Manuel Rojas; "El Unicornio", de Juan Emar, y "El ojo Silva", de Roberto Bolaño. Honestamente, no podría decir que estos tres cuentos son los "mejores" cuentos chilenos. Simplemente porque la palabra "mejor" indica una comparación cualitativamente imposible, además de precaria y profundamente autoritaria. Y contra algo de eso pienso que están escritos estos cuentos. Además de ser, los tres, unas pequeñas joyas escriturales, de desarticular la fantasía y la epopeya de la identidad nacional siendo al mismo tiempo profundamente chilenos. Porque los recorre un silencioso humor negro en la medida en que restituye la tragedia de los perdedores y los vencidos, y en esa restitución les vuelve a conferir un halo de dignidad. Porque no son cuentos obedientes, porque sus protagonistas, sus narradores, sus peripecias y acontecimientos desafían la normativa canónica de su época y se piensan como un modo crítico de narrar, tan crítico como el desafío que demandan a sus lectores. También porque son tres cuentos, cada uno en su peculiar manera, que instalan una mirada que se descuelga de la imposición del ser masculino dominante en tanto exhiben fracasos, precariedades, sexualidades, absurdos y dolores tan miserables como valientes. Porque si los lee, puede descubrir un par de cosas insospechadas; sobre lo que es leer, sobre el curioso asunto de la chilenidad, y quién sabe cuántas cosas más.

- Francisca Lange es Magíster en Filología Hispánica por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid) y Magíster en Literatura por la U. de Chile. Es profesora del Instituto de Estética de la Universidad Católica.


Óscar Hahn:
Para responder esta interrogante, pasé revista a una cantidad apreciable de cuentos chilenos. Me pregunté si podría vivir sin ellos, y mi respuesta fue que sí, que podría, excepto con unos pocos. Desde luego más de tres, pero no muchos más. Sin embargo, cuando tuve que reducir mi lista a solo tres, no tuve ninguna duda. Estos son los cuentos imprescindibles para mí: "El árbol" de María Luisa Bombal, " Aquí no ha pasado nada" de Claudio Giaconi y "Huacho y Pochocha" de Enrique Lihn. A pesar de ser muy distintos, ¿qué comparten estos tres cuentos? Primero, están escritos en una prosa eficaz, que fluye con naturalidad por el cauce narrativo. Segundo, hay creatividad en la composición o estructura del relato. Por último, los tres plantean problemas actuales pero permanentes del ser humano, es decir, tienen una proyección universal. En "El árbol" se expone la conflictiva situación de la mujer en una sociedad patriarcal. Es un cuento bello, en el que poesía y ensoñación se dan la mano. En "Aquí no ha pasado nada" asistimos al drama que significa para un niño el paulatino descubrimiento de la muerte, mientras su padre agoniza. Es un cuento conmovedor. Y en "Huacho y Pochocha" se presenta el conflicto entre realidad y ficción, pero no a la manera de Borges, sino de un modo inusitado. A la vez que una historia de amor, este cuento lúcido es la relación de cómo el autor va construyendo esa historia. En suma, tres joyas para la corona del cuento chileno.

- Premio Nacional de Literatura 2012, el poeta Óscar Hahn fue profesor de la Universidad de Iowa y es autor de los volúmenes El cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX y Antología del cuento fantástico hispanoamericano. Siglo XX.

Pedro Lastra:
En la literatura chilena el cuento es un género que en sus mejores momentos se acerca a una plenitud expresiva que hace honor a lo que veía Fernando Pessoa en toda obra perdurable: no en las que buscan asombrar sino en aquellas por donde pasa, aunque sea como un viento, una noción de la gravedad y del misterio de la vida. En los cuentos en los que siento más cumplida esa verdad son "Laguna" , de Manuel Rojas; "Aquí no ha pasado nada", de Claudio Giaconi, y "Huacho y Pochocha" , de Enrique Lihn.

En el primero, es la vivencia de la amistad y de la generosa y solidaria compasión humanas; en el segundo, la intensidad del pasaje al conocimiento de la muerte que desvanece para el niño protagonista su inocente ilusión de inmortalidad, al asistir a la agonía y pérdida del padre; en el cuento de Lihn, la consumada eficacia con que propone y desarrolla conjeturalmente una historia que es todas las historias de amor, a partir de un dato que es también escritura, pero escritura de uno de esos rasgos como indelebles que a todos nos tocan algún día. En estos cuentos, la tensión que los recorre y la sabiduría que los dice son al mismo tiempo lección de vida y arte de la palabra.

- El ensayista y poeta Pedro Lastra es coautor, junto a Alfonso Calderón y Carlos Santander, de la Antología del cuento chileno (1974), que ya supera las doce ediciones. Actualmente dirige la revista Anales de Literatura Chilena, de la Universidad Católica.


Ana María Moraga:
Consciente de estar dejando fuera tantos otros grandes cuentos de la literatura nacional (quizás de los mismos autores) elijo: "Hombre triste", de José Santos González Vera; "Alamiro" , de Adolfo Couve, y "El árbol" , de María Luisa Bombal. El primero, más cercano a la crónica y al testimonio que al cuento, es un escrito breve, pero brillante por su lenguaje nítido y un fino y elegante sentido del humor, alejado de las estridencias y la frase hecha.

"Alamiro", no sé si es un cuento o un poema, aunque no tiene importancia definirlo, parte de su riqueza está justamente en esa ambigüedad. Alamiro es una pintura o una secuencia de escenas detenidas en el tiempo y en el espacio. Es uno de esos textos a los que vuelvo una y otra vez para remover algo, para entrar en un lugar donde sé me espera algo inquietante, bello y doloroso.

De "El árbol", más allá de su argumento (que refleja tan bien el rol mezquino que jugaba la mujer en esa época), valoro su lenguaje intenso, su pasión y las atmósferas llenas de ensueño y símbolos. María Luisa Bombal era, en el fondo, más una poeta que una narradora.

- Ana María Moraga es licenciada en literatura de la UDP, con un diplomado en Estética y Filosofía de la UC. Trabaja como editora en Pehuén desde 2006, sello en el que ha publicado textos de importantes narradores chilenos.


Camilo Marks:
"El árbol" , de María Luisa Bombal; una historia maravillosa, triste, melancólica, dulce, punzante, narrada en un estilo inimitable, que fluye con absoluta naturalidad: en pocas páginas, se despliega la vida entera de una mujer que vive presa de la ensoñación, protegida por su mundo propio hasta que la realidad la golpea como un relámpago. Un clásico que se lee hoy mejor que hace 75 años, cuando fue publicado y reveló que la literatura chilena era muy distinta a la versión oficial. "El vaso de leche" , de Manuel Rojas; el protagonista, un chico pobre y hambriento, encuentra su momentánea salvación en la ternura maternal de una desconocida en uno de los grandes relatos nacionales de todos los tiempos, que puede releerse indefinidamente sin pérdida de su poder emotivo y esa dignidad que este autor concedía a los desamparados. "Adiós a Ruibarbo" , de Guillermo Blanco, con justicia, este es el cuento más popular del escritor, un eximio artífice del género breve: el héroe, un niño -personaje habitual en la carrera del prosista-, siente un amor profundo hacia el caballo que da nombre a una narración que, con la máxima economía de medios expresivos, entrega una conmovedora fábula sobre la lealtad, la comprensión sin necesidad de palabras y el destino humano.

-Crítico literario, escritor y abogado, Camilo Marks es autor de las antologías Grandes cuentos chilenos del siglo XX (2002, 2004 y 2007) y Los mejores cuentos chilenos del siglo XXI (2012).


Antonia Viu:
Yo no hablaría de los tres mejores cuentos chilenos, hablaría de cuentos que por una u otra razón se quedan dando vueltas y vienen antes que otros cuando uno trata de responder esta pregunta. En el de Enrique Lihn "Huacho y Pochocha" , que escribió en la década del 50, es muy llamativo el tono del narrador y su soltura para proponer juegos que se alejan de grandes dilemas metafísicos, pero que se asoman a preguntas acerca de la atracción, la agonía o la soledad desde el mismo asombro, en una búsqueda que también termina siendo un juego de posiciones espaciales, una pregunta acerca de la ciudad. El de Skármeta, "El ciclista del San Cristóbal" , está lleno de sensaciones y situaciones familiares, de espacios conocidos; en él, el vértigo del descenso en bicicleta es también el de la toma de conciencia del egoísmo como defensa frente a las maneras en que la vida cambia. Los cuentos de (Des) encuentros (des) esperados, de Andrea Maturana, también me parecen memorables, en particular "Cita" , por el vuelco que se produce en la situación inicial y las posibilidades de autoexploración que esto genera para una mujer, en un contexto muy cotidiano.

- Antonia Viu es doctora en Literatura Hispanoamericana y Chilena por la Universidad de Chile y Master in Arts en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Washington. Es coordinadora académica del Magíster de Literatura Comparada de la Universidad Adolfo Ibáñez.


José Leandro Urbina:
La relación que un lector tiene con sus narraciones favoritas depende del momento en que se leyeron, de las circunstancias en que se produjo el encuentro, del grado de subjetividad y emoción involucrado en la lectura. El cuento es como una pequeña flecha que atraviesa hasta nuestro corazón y se clava dejando marcas a veces imborrables.

"El Chiflón del Diablo" , de Baldomero Lillo, lo leí en mi adolescencia, edad en que el juicio moral invade nuestra percepción de los otros. Me angustiaba ver tanta maldad, tanto engaño ejercido sobre gente pobre, sobre los que no tenían medios para cambiar su suerte. El suicidio de la madre, los viejos mutilados, ese público mudo de la tragedia, calaban hondo en la imaginación afectiva.

"El charleston" y "El ciclista del San Cristóbal" llegaron por diferentes caminos. Cuentos de ciudad, de barrio. El de José Donoso, protagonizado por una pequeña burguesía que vivía su bohemia en bares de mala muerte en cada esquina del centro de Santiago, seres que encarnan la chilena mezcla de crueldad y la culpa. El ciclista de Skármeta constituyó un radical cambio de dirección. Abrió la literatura hacia un vitalismo necesario a los jóvenes actores protagonistas del proyecto de cambio más importante del siglo veinte. La ruptura con la tragedia y el mundo sórdido dio paso a un optimismo que terminó en sórdida tragedia.

- José Leandro Urbina es autor del volumen de cuentos Las malas juntas , la novela Cobro revertido y la saga del Baruni. Urbina es doctorado en literatura por la Catholic University of America (Washington) y enseña en la Universidad Alberto Hurtado.
Los 13 cuentos elegidos
- "El árbol" , de María Luisa Bombal. Lo escribió a principios de la década de 1930 y se publicó en la revista "Sur" el año 1939.

- "Huacho y Pochocha", de Enrique Lihn. Aunque fue escrito en los años 50, se publicó por primera vez en 1964, en Agua de arroz, libro que a su vez es la primera obra narrativa del poeta Enrique Lihn y en el que se incluyeron también los relatos "Agua de arroz", "Estudio" y "Retrato de un poeta popular".

- "Aquí no ha pasado nada", de Claudio Giaconi. Es el último cuento de los doce reunidos en su primer libro, La difícil juventud, publicado en 1954.

- "El vaso de leche" , de Manuel Rojas. Pertenece a su segundo libro de cuentos, El delincuente, de 1929.

- "Adiós a Ruibarbo", con el que Guillermo Blanco ganó en 1956 el concurso nacional de "El Mercurio". En 1974 se publica en el libro del mismo título, junto a los relatos "La puerta", "La sentencia", "Pesadilla" y "Este era un niño que nació una vez".

- "El ciclista del San Cristóbal" , de Antonio Skármeta. Es uno de los cinco cuentos -junto a "A las arenas", "Una vuelta en el aire", "Final del tango" y "Pajarraco"- incluidos en el volumen Desnudo en el tejado, que se publicó en La Habana en 1969.

- "Cita" , de Andrea Maturana. Forma parte de los trece relatos del libro (Des)encuentros (des)esperados (1992), reeditado en 2000 con un cuento más.

- "Laguna", de Manuel Rojas. Con este cuento, Rojas gana el segundo premio en el concurso de la revista bonaerense La Montaña. El relato se incorpora a su primer libro de cuentos, Hombres del sur (1926).

- "El charleston" , de José Donoso. Se publicó, junto a otros cuatro relatos -"La puerta cerrada", "Ana María", "Paseo" y "El hombrecito"-, en el volumen homónimo, editado por Nascimento en 1960.

- "El Chiflón del Diablo" , de Baldomero Lillo. Es el quinto de los ocho cuentos que forman parte de Sub terra: cuadros mineros (1904), el primer libro de Baldomero Lillo.

- "Alamiro" , de Adolfo Couve. Escrito entre 1960 y 1965, fue el primer libro de Adolfo Couve y se publicó en 1965.

- "El Unicornio" , de Juan Emar. Es parte del volumen de cuentos Diez, que fue publicado en 1937.

- "El ojo Silva" , de Roberto Bolaño. Es uno de los trece relatos reunidos en Putas asesinas, de 2001, el segundo libro de cuentos de Bolaño

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